martes, 30 de mayo de 2023

Las metas son nobles si te mejoran, pero son trascendentes si mejoran el mundo

 


El llamamiento al que los elegidos hemos respondido para venir a salvación en el presente siglo implica, en efecto, permitir que el Espíritu de Dios trabaje en cada uno hasta alcanzar la estatura perfecta de Cristo, pero eso mismo implica que obremos en el presente conforme a la voluntad de Dios siendo que, si así hacemos, mejoraremos el aquí y ahora, al ser en él, sal de la tierra y luz del mundo.

 

En ocasiones lo anterior no se entiende por algunos quienes, razonando que si “el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”, entonces no hay que ocuparse mucho por lo de aquí y ahora sino más bien por el reino venidero.

 

Si bien es cierto que nuestro Señor en su momento nos dijo “más buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”, eso no es un llamado a la indolencia en el presente siglo sino un exhorto para poner las prioridades en el orden correcto.

 

Siguiendo con lo dicho por nuestro Señor, para quienes creen que en el presente siglo no debemos ocuparnos de las cosas de aquí, hay que prestar atención cuando señaló “así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”.

 

Claramente se requiere, para ser aquella sal de la tierra y esa luz del mundo, que hagamos cosas en el aquí y en el ahora, relacionadas con la actualidad cotidiana, pero a la luz del llamamiento que hemos recibido.

 

Jacobo, el medio hermano de Jesús, en esta misma línea de pensamiento señala “y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma”.

 

La connotación natural de lo anterior es clara, más que cerrar los ojos a la realidad aduciendo que no tiene caso preocuparse por el mundo pues éste pasa, nuestro llamado implica obrar en él para la mayor gloria de Dios.

 

Más, sin embargo, en todo, siempre hay que recordar, como se señaló, el correcto orden de prioridades: Buscamos primero el reino de Dios sabiendo que todas las demás cosas nos serán añadidas y, como consecuencia de ello, obramos en el aquí y ahora para ser en él sal de la tierra y luz del mundo, después de todo las metas son nobles si te mejoran, pero son trascendentes si mejoran el mundo.

 

 

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.

Formación • I+D+i • Consultoría

Desarrollo Empresarial - Gestión Universitaria - Liderazgo Emprendedor

www.rocefi.com.mx

 


 

Referencias:

Efesios 4:13; 2 Pedro 1:4; Mateo 5:13-16; Marcos 9:50; 1 Juan 2:17; 1 Corintios 7:31; Mateo 6:33; Lucas 12:31; Mateo 5:16; 1 Pedro 2:12; Santiago 2:15-17; 1 Juan 3:17


martes, 23 de mayo de 2023

Conquistar un sueño es comenzar a soñar uno nuevo

 


Si bien es cierto que los elegidos tenemos promesas que se cumplimentarán a la venida de nuestro Señor, eso no quiere decir que en el presente siglo no experimentemos triunfos sobre ciertos aspectos de nuestra vida.

 

Pablo en su primera carta a los de Corinto les dice “¿o no sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No os dejéis engañar: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los estafadores heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos de vosotros; pero fuisteis lavados, pero fuisteis santificados, pero fuisteis justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios”.

 

Esa frase de que “esto erais algunos de vosotros” implica que han dejado de serlo, por lo que puede decirse que en esos aspectos de la vida aquellos elegidos que así les ha pasado han experimentado triunfos en su vida.

 

Lo interesante de la frase de Pablo es que comienza diciendo “¿o no sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios?”, luego entonces será menester entender qué es justicia ya que hacer lo contrario a ello nos pondría del lado de los injustos, y para ello no se tiene que elucubrar mucho pues la misma Palabra señala qué es justicia: “Hablará mi lengua tus dichos, porque todos tus mandamientos son justicia”.

 

De esta forma es claro que conocer y poner por obra los mandamientos de Dios nos pone del lado de los justos siendo que lo contrario nos cualificaría como aquellos injustos que no heredarán el reino de Dios.

 

En esa misma línea de pensamiento Pablo, escribiendo a los de Éfeso, les dice “que nadie os engañe con palabras vanas, pues por causa de estas cosas la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia. Por tanto, no seáis partícipes con ellos; porque antes erais tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de la luz (porque el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad)”.

 

En esta otra cita, lo interesante es como es que Pablo se refiere a aquellos que participan de las tinieblas: Hijos de desobediencia. Interesante pues nuestro Señor en su momento lo dejó claro: “No todo el que me dice: «Señor, Señor», entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: «Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?». Y entonces les declararé: «Jamás os conocí; apartaos de mí, los que practicáis la iniquidad»”.

 

La palabra “iniquidad” de la cita anterior se ha traducido del griego ἀνομίαν, anomian, que literalmente quiere decir “sin ley”. Así que aquellos injustos, aquellos que practican iniquidad, son los que no cumplen con la Ley de Dios, caso contrario, quienes sí cumplen son llamados justos, como se refiere Lucas al inicio de su Evangelio referido a los padres de Juan el Bautista: “Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, de la clase de Abías; su mujer era de las hijas de Aarón, y se llamaba Elisabet. Ambos eran justos delante de Dios, y andaban irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor”, pues, como escribe el mismo Pablo pero a los de Roma “porque no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los que cumplen la ley, ésos serán justificados”.

 

¿Y qué puede esperar alguien que actúa conforme a la voluntad de Dios?, como escribe Pablo a los de Corinto en su segunda carta: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor”, y mientras eso pasa en la misma carta Pablo dice “pero gracias a Dios, que en Cristo siempre nos lleva en triunfo, y que por medio de nosotros manifiesta en todo lugar la fragancia de su conocimiento”, así que, en nuestro andar por el Camino, conquistar un sueño es comenzar a soñar uno nuevo.

 

 

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.

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Referencias:

1 Corintios 6:9-11; Gálatas 5:19-21; Salmos 119:172; Deuteronomio 6:7; Efesios 5:6-9; Colosenses 2:8; Mateo 7:21-23; Romanos 2:13; Lucas 1:5-6; Santiago 1:22; 2 Corintios 3:18; Romanos 8:29; 2 Corintios 2:14; 1 Juan 3:2


martes, 16 de mayo de 2023

No puedes cambiar lo que eres, pero de todo lo que eres cada día puedes optar por lo mejor de ti

 


Algo que cuesta de aceptar para los elegidos es el hecho de que, dado que aún militamos en esta carne, somos débiles, torpes, rebeldes y cobardes. Juan sobre esto, en su primera carta, señala “Amados, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que habremos de ser. Pero sabemos que cuando Él se manifieste [Cristo], seremos semejantes a El porque le veremos como Él es”.

 

Esta dualidad que ahorita tenemos, carne-Espíritu, resulta en una contienda, como Pablo escribe a los de Galacia, “porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis”, y si bien no podemos cambiar en la actualidad esa nuestra naturaleza que nos atribula, sí podemos optar por lo mejor que el Espíritu ha puesto en nosotros, como escribe Pablo a los de Filipo: “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad”.

 

Santiago, sobre esa opción que todos los elegidos tenemos, a saber: entre el bien y el mal, entre las bendiciones y las maldiciones, claramente señala “y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado”.

 

Esta realidad debe quedar clara para los elegidos a efectos de no desanimarnos en nuestro andar por el Camino hacia las promesas del Padre. Con todo y todo, es menester poner la vista, no en lo que ahorita no somos sino en lo que seremos cuando nuestro Señor se manifieste, y sobre esto Juan en su primera carta da ánimos al señalar “Todo aquel que ha nacido de Dios no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él, y no puede pecar, porque ha nacido de Dios”.

 

Mientras eso llega, como Pablo estaremos experimentando la dicotomía de padecer por lo que aún no llega, pero con la esperanza de que llegará: “Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro”.

 

En el camino a las promesas que se nos han dado el elegido sabe que mientras milite en esta carne estará sujeto a las insidias del Enemigo, el Mundo y la Carne, con todo y todo sabe que cuenta con el Espíritu para que, día con día, elegir de entre obedecer o no a Dios, lo que como hijos de Él se espera de nosotros, en tanto el Espíritu trabaja en cada uno para reflejar el carácter perfecto y santo de nuestro Padre Dios, después de todo, y solo por el momento actual, no puedes cambiar lo que eres, pero de todo lo que eres cada día puedes optar por lo mejor de ti.

 

 

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.

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Referencias:

1 Juan 3:2; Job 19:26; Salmos 17:15; Filipenses 4:8; Romanos 14:18; 1 Pedro 2:12: Santiago 4:17; Lucas 12:47; 2 Pedro 2:21; 1 Juan 3:9; Salmos 119:3; 1 Pedro 1:23; Romanos 7:19-25; 1 Corintios 15:57; 2 Corintios 12:9,10


martes, 9 de mayo de 2023

Tu no sostendrías en la mano un carbón ardiendo, entonces ¿por qué guardar en tu alma sentimientos que te dañan?

 


Es un hecho que mientras los elegidos aún militemos en esta carne débil, torpe, rebelde y cobarde, estamos expuestos a las insidias del Enemigo, el Mundo y la Carne, pero una cosa es enfrentar lo que provenga de esto y otra muy distinta que uno mismo lo propicie guardando en el alma sentimientos que dañan.

 

En lo que se conoce como El Sermón del Monte, después de dar nuestro Señor las llamadas Bienaventuranzas, comienza a darle lustre a la Ley llevándola a niveles espirituales. Uno de esos aspectos tiene que ver precisamente con esos sentimientos que pueden dañarnos.

 

“Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio.  Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego. Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda. Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel. De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante”.

 

Este discurso no está dirigido para aquellos que rechazan a Jesús, por el contrario, está dirigido para aquellos que han optado por seguirle, y en ese sentido, es de destacar que previo a venir al Padre, nuestro Señor establece como requisito el reconciliarse con el hermano, pero hay más: Nuestro Señor no señala que esto se haga si uno le ha hecho daño al hermano, no: el señala que si incluso es el otro quien tiene algo contra uno, de uno mismo debe salir el intento de reconciliarse.

 

¿Difícil?, claro que sí, eso va en contra de nuestra naturaleza, pero quien ha nacido de nuevo, como escribe Pablo a los de Galacia, “han crucificado la carne con sus pasiones y deseos”. Y, ante esto, alguien podrá decir “¿cómo es que he crucificado la carne con sus pasiones y deseos cuando aún la padezco?”, lo que pasa es que, siguiendo el símil con la  crucifixión, aquella pena no mataba al transgresor inmediatamente, con nosotros es lo mismo, hemos crucificado la carne con sus pasiones y deseos pero aún están en proceso de morir, como escribe Juan en su primera carta “amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es”.

 

“Pero, ¿y si no me nace?”, podrá alguien decir, pero en esto hay que entender que en ninguna parte de la Escritura, lo requerido por Dios a sus hijos pasa por la condicionante de “si nos nace”, son cuestiones volitivas es decir, uno las debe hacer porque así agradamos al Padre más allá de si nos nace o no, pero no hay problema: llegará el momento en que nos nazca, como también escribe Juan en su primera carta: “Ninguno que es nacido de Dios practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios”, así que llegará el momento en que, nacidos de Dios en la resurrección/transformación, no pequemos más e incluso el servir a Dios nos nazca.

 

Al haber respondido al llamado del Padre para venir a salvación en el presente siglo nos hemos comprometidos a llegar a ser, por su Espíritu en nosotros, perfectos y santos como Él mismo lo es, lo cual pasa por no guardar en el alma sentimientos contrarios a un hijo de Dios, después de todo tu no sostendrías en la mano un carbón ardiendo, entonces ¿por qué guardar en tu alma sentimientos que te dañan?

 

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.

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Referencias:

 Mateo 5:21-26; 1 Juan 3:15; Gálatas 5:24; Colosenses 2:11; Romanos 6:6; Efesios 4:22; 1 Juan 3:2; Juan 1:12; Mateo 5:48; Levítico 19:2; 1 Pedro 1:16; Levítico 11:44


martes, 2 de mayo de 2023

Una grieta en el camino: el necio cae en ella, el listo le saca la vuelta, pero el trascendente la tapa para los demás

 


La Gran Comisión que se le ha asignado a los elegidos, implica ir por todo el mundo anunciando el Evangelio a toda creatura, esa labor no termina una vez que alguien ha aceptado el llamamiento del Padre para venir a salvación en el presente siglo, sino que continúa con la edificación de ellos.

 

Pablo escribiendo a los de Tesalónica, en su primera carta, les señala “por eso, anímense y edifíquense unos a otros, tal como lo vienen haciendo”. Para esta edificación, lo primero es el ejemplo que uno da, la manera en que vive la verdad, en que pone por obra esa fe que se dice profesar. En su carta a los de Colosas, Pablo les dice “Por tanto, de la manera que recibisteis a Cristo Jesús el Señor, [así] andad en El; firmemente arraigados y edificados en El y confirmados en vuestra fe, tal como fuisteis instruidos, rebosando de gratitud”.

 

Después del ejemplo viene la exhortación, es decir, ayudar a los demás, así como ellos nos ayudan, en crecer en el conocimiento de Dios y su Hijo y mejorar en la manera en que demostramos aquello en lo que creemos. Para esto la base de la que se parte está dada por nuestro Señor cuando dijo “El que es el mayor entre vosotros será vuestro siervo”.

 

Un siervo no se enseñorea sobre las demás, al contrario, sabe que él también está en un proceso de aprendizaje, de crecimiento. Pablo en su primera carta a los de Corinto les dice “si alguno cree que sabe algo, no ha aprendido todavía como lo debe sabe”.

 

Alguien que tiene esa perspectiva de sí mismo no adopta la actitud de aquel fariseo que decía “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, pago el diezmo de todo lo que poseo”.

 

Pero de igual forma no cierra sus ojos al pecado y si hay algo que corregir en el hermano lo hace. En su primera carta a los de Corinto, Pablo los confronta por que ellos habían cerrado sus ojos a un caso de inmoralidad escandaloso en la iglesia: “De cierto se oye que hay entre vosotros fornicación, y tal fornicación cual ni aun se nombra entre los gentiles; tanto que alguno tiene la mujer de su padre. Y vosotros estáis envanecidos. ¿No debierais más bien haberos lamentado, para que fuese quitado de en medio de vosotros el que cometió tal acción?”.

 

Así que el equilibrio entre justicia y misericordia solo puede sernos dado por el Espíritu de Dios en nosotros, con la mira a edificar, corregir, perfeccionar y santificar a los demás, así como nosotros somos edificados, corregidos, perfeccionados y santificados por ellos, pues desde el punto de vista espiritual, una grieta en el camino: el necio cae en ella, el listo le saca la vuelta, pero el trascendente la tapa para los demás.

 

 

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.

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Referencias:

Marcos 16:15; Mateo 28:19; 1 Tesalonicenses 5:11; Efesios 4:29; Colosenses 2:6-7; 1 Juan 5:11,12,20; Mateo 23:11; Marcos 10:43; 1 Corintios 8:2; Gálatas 6:3; Lucas 18:9-14; Romanos 14:3; 1 Corintios 5:1-2; 2 Corintios 7:12