martes, 16 de agosto de 2022

Para priorizar tus acciones no solo consideres lo urgente o lo importante sino también lo trascendente

 


La historia bíblica de Marta y María contienen mucha edificación para los elegidos.  Dicha historia, contenida en el Evangelio de Lucas, señala “aconteció que [Jesús] yendo de camino, entró en una aldea; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Esta tenía una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra. Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres, y acercándose, dijo: Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude. Respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero solo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada”.

 

Como podemos ver, Jesús no recrimina el que Marta esté afanada y turbada en muchas cosas, sino más bien que su orden de prioridades no sea el correcto. Teniendo de visita en su casa a la Palabra hecha carne, ¿habría algo más importante que escucharlo?

 

En esa misma línea de pensamiento, en el Evangelio de Mateo, Jesús, después de la contextualización requerida, establece el correcto orden de prioridades que debe regir en la vida de los elegidos: “Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo? Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos. Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe? No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal”.

 

La vida está llena de necesidades, la Escritura nunca nos alienta a ser indolentes ante ello, por el contrario, nos insta a proveer lo necesario para ella tanto para uno como para los nuestros, como la misma Palabra indica “porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo”, pero en función del llamamiento al que hemos respondido, lo eterno, debe superponerse a lo temporal, de esta forma para priorizar tus acciones no solo consideres lo urgente o lo importante sino también lo trascendente.

 

 

 

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.

Formación • I+D+i • Consultoría

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Referencias:

Lucas 10:38-42; Salmos 27:4; Juan 6:27; Mateo 6:25-33; Filipenses 4:6; Lucas 12:22-24; 1 Timoteo 5:8; Isaías 58:7; Gálatas 6:10

martes, 9 de agosto de 2022

Los retos por más difíciles que sean no son imposibles, lo que sí es difícil a veces es creer esto

 


Si tuviéramos que eliminar una frase del lenguaje de los elegidos sin duda que ésta debería ser la de “no puedo”, pero curiosamente la realidad pareciera ser en ocasiones al contrario ya que ésta es la frase que quienes hemos decidido seguir a Cristo más usamos para justificar nuestras flaquezas, debilidades, torpezas y cobardías.

 

“No puedo dejar tal vicio”, “no puedo perdonar a tal persona”, “no puedo superar tal defecto”, “no puedo cumplir con lo que de mí se espera”, “no puedo proclamar el Evangelio”. Quítale y ponle a esas frases y verás que, en mayor o menor medida, la mayoría de nosotros si no es que todos, sea con nuestros pensamientos y/o nuestras acciones, hemos llegado a expresar lo anterior.

 

“Pero es que es verdad —pudiera decir alguien— , nuestra naturaleza actual es así por lo que no podemos hacer muchas cosas”. En parte esa expresión tiene razón, ¿cuál es esa parte?, que así es nuestra naturaleza y que por lo tanto no podemos ir más allá de ello, pero lo que le falta a esa expresión es la consideración de que cuando venimos a salvación, cuando arrepentidos nos bautizamos y por medio de la imposición de manos recibimos el Espíritu de Dios, se nos concede ese algo adicional que permite superar los límites que tenemos.

 

Pablo, el mismo Pablo que en su carta a los de Roma se quejaba de que no podía hacer el bien que quería sino que su naturaleza lo llevaba a hacer el mal que no quería escribiendo a los de Filipo les indicaba “sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”.

 

Esa escasez y esa abundancia que menciona Pablo puede entenderse tanto de manera natural como de manera espiritual, con todo y todo es interesante al final que él mismo señale “todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. Todo, no una parte o la mayoría. Todo.

 

“Pero ¿y nuestra debilidad?” —otro pudiera preguntar, ¿sabes?, ¡Cristo ya respondió eso! “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad”, ante lo cual Pablo no pudo menos que reconocer “por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo”.

 

El llamamiento al que hemos respondido no nos ha quitado nuestra débil carnalidad, pero sí nos ha revestido del poder del Espíritu de Dios, por lo que, en cuanto alcanzar las promesas que se nos han dado, más allá de aquello que no somos lo que debemos considerar es lo que sí tenemos, después de todo los retos por más difíciles que sean no son imposibles, lo que sí es difícil a veces es creer esto.

 

 

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.

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Referencias:

Romanos 7:19-25; Salmos 19:13; Efesios 6:11-13; Filipenses 4:12-13; Colosenses 1:11; Efesios 3:16; 2 Corintios 12:9; Daniel 10:19; 1 Corintios 2:5


martes, 2 de agosto de 2022

Todo problema o tiene una solución o tiene una enseñanza

 


Uno de los principales problemas de entendimiento que tiene el elegido que inicia su andar por el Camino, problema que por cierto busca explotar el Enemigo, es la idea de que una vez venido a salvación ya no se tropezará, ya no se caerá, vamos: ya no se cometerán pecados, pero la realidad es diametralmente opuesta a esta idea.

 

En su primera carta Juan, escribiendo por cierto a la iglesia de Dios, no a los paganos, señala “hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo”. Eso de “hijitos míos” corrobora el hecho de que Juan escribe para la iglesia de Dios, pero lo interesante es eso que señala  de que “si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo”, siendo que en ese entendido un elegido puede tropezar, caer, vamos: pecar, pero que la actitud de ello debe ser de venir en arrepentimiento al Padre para obtener por medio de Jesucristo el perdón por nuestras faltas.

 

Pablo desarrolla aún más esta idea pero agregando que incluso esos tropiezos, esas caídas, pueden traer una comprensión adicional al llamamiento que se ha respondido: “Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí!, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado”.

 

¿Te fijas?, lo dicho por Pablo —así es: el apóstol Pablo, el misionero entre los gentiles, el autor de casi la mitad del nuevo testamento— no solo corrobora que mientras uno está en esta carnalidad podrá —como posibilidad, no como permiso— seguir tropezando, cayendo, pero aparte agrega entendimiento adicional al señalar por qué sucede eso ya que dos leyes hay en uno: una de muerte y otra de vida, y adicionalmente presenta la solución que en su momento dicho conflicto dicotómico se resolverá cuando señala “¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro”.

 

Mientras militemos en esta carne seguiremos sujeto a las pasiones del actual siglo, pero eso no debe desanimarnos de seguir nuestro andar a las promesas que se nos han dado sabiendo que al final seremos liberados de esto y mientras tanto aprendiendo lo que esto significa a la luz del llamamiento al que hemos respondido, ya que todo problema o tiene una solución o tiene una enseñanza.

 

 

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.

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Referencias:

1 Juan 2:1; Romanos 5:10; 1 Corintios 4:14; 1 Timoteo 2:5; Hebreos 7:25; Romanos 7:14-25; 1 Corintios 3:1; Gálatas 4:3; Hebreos 4:12


martes, 26 de julio de 2022

No es tan malo tropezarse: cada error te vuelve más sabio

 


El cristiano, al haber sido llamado a vivir una vida de perfección y santidad, adquiere una nueva conciencia donde el conocimiento del bien y el mal, a la luz de la Palabra, le guían por el Camino hacia las promesas que se le han dado.

 

Con todo y todo, desafortunadamente el elegido sigue en la carne la cual es débil, torpe, rebelde y cobarde, o como señala Pablo escribiendo a los de Roma “la inclinación de la carne es enemistad contra Dios, porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede”, es por ello que, aunque se desee agradar a Dios cumpliendo su voluntad, uno termina en ocasiones tropezando, cayendo, vamos: pecando.

 

Lo anterior no es ajeno a la iglesia de Dios. Juan, en su primer carta —la cual por cierto no va dirigida a los paganos sino a los miembros del Cuerpo de Cristo— les dice “hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo”. Desde el momento mismo en que Juan se dirige a los suyos como “hijitos míos” es más que claro que habla a miembros de la iglesia de Dios, de igual forma, como puede verse en ese “si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” queda más que claro que aunque se haya venido a salvación un puede —como posibilidad, no como permiso— pecar, pero de igual forma Juan deja ver que lo que sigue para el elegido, lo cual es arrepentirse pues “abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo”.

 

Con todo y todo los errores que cometa un elegido tienen algo a su favor respecto del llamamiento al que se ha respondido. Antes de avanzar en esto quiero ser muy enfático que no estoy haciendo una apología del pecado, como quedó claro desde el principio estamos llamados a vivir una vida de perfección y santidad, ajena completamente al pecado, pero dada nuestra actual carnalidad es cierto que en algún momento tropezaremos, caeremos, dado que como la misma Escritura señala “sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados”, luego entonces incluso esos tropiezos, esas caídas, deben contribuir en algo a ese llamamiento al que se ha respondido, ¿qué puede ser esto?

 

Todos conocemos la parábola del hijo pródigo, la cual narra de un hijo que pidiendo su herencia se va de casa del padre a despilfarrarla y cuando ya no le queda nada regresa con el padre el cual lo recibe y redime. Lo interesante de esa parábola, para lo que aquí se está desarrollando, es ese momento de “volviendo en sí” en que la misma parábola señala del hijo que se dice “¡cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros”. Sabemos el fin de eso, pero también sabemos que el otro hijo, aquel que nunca se fue del padre, que nunca le desobedeció y que señalaba molesto al padre “he aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos. Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo”.

 

Con esto en mente podemos ver cómo es que los tropiezos, las caídas que se experimentan al andar son incluso capaces de producir algo de valor en el elegido: una conciencia superior que les ajena a aquellos que nunca han experimentado aquello.

 

Si bien al haber  respondido al llamamiento del Padre para venir a salvación en el presente siglo nos ha comprometido a una vida de perfección y santidad, mientras militemos en esta carnalidad será imposible cumplirlo, esto no quiere decir que no nos esforcemos en ellos, ya llegará el momento en que liberados de este cuerpo de corrupción sirvamos al Padre en perfección y santidad, pero si quiere decir que incluso esos tropiezos, esas caídas, obran para bien en los elegidos, a saber: creando una conciencia superior de la cual carecen quienes no han experimentado aquello, así que ya lo sabes: No es tan malo tropezarse: cada error te vuelve más sabio.

 

 

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.

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Referencias:

Levítico 19:2; Mateo 5:48; Levítico 11:44; 1 Pedro 1:16; Romanos 8:7; Santiago 4:4; 1 Juan 2:1; Romanos 8:34; Lucas 15:17-19, 29-30


martes, 19 de julio de 2022

Lo mejor de la vida es que si bien no puedes desandar tus pasos, sí puede iniciar nuevos caminos

 


Sin duda alguna que el haber venido a salvación trae para el elegido una nueva conciencia. Pablo escribiendo a los de Roma les dice “¿qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás”.

 

A raíz de esa nueva conciencia el elegido sabe ahora lo que está bien y lo que está mal según la Palabra de Dios, pero esto, si bien de gran beneficio para la vida cristiana, también tiene un aspecto que busca explotar el Enemigo: El del remordimiento.

 

De la misma forma en que en la vida actual del creyente la nueva conciencia que ha adquirido le va diciendo lo que es acorde a la voluntad de Dios de lo que no es acorde, también el Enemigo explota esa nueva conciencia pero para voltearla al pasado, a la vida vivida antes de venir a salvación, con la finalidad de traer remordimiento, desánimo, desazón, buscando truncar el avance hacia las promesas que se nos han dado, ¿qué hacer ante esto?

 

Pablo escribiendo a los de Filipo les dice “hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”.

 

¿Te fijas? Pablo, en vez de lamentarse de los errores cometidos, claramente señala “olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”. Creo ese es un excelente consejo, más aún: Un consejo divinamente inspirado por el Espíritu de Dios, donde se nos dice que olvidemos lo pasado y avancemos hacia el futuro.

 

Pero más aún, ese consejo no solo aplica para la vida que teníamos antes de venir a salvación, sino que también aplica para la vida actual, ya como salvos, por los tropiezos, las caídas, vamos: los pecados que por la torpeza, debilidad, rebeldía y cobardía de la actual carnalidad cometamos.

 

Sobre lo anterior, Juan en su primera carta señala “hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo”. Primero entendamos que Juan dirige esta carta, no a gentiles, sino a la iglesia de Dios; segundo veamos que Juan no aboga por estar viendo los errores cometidos con un sentido de remordimiento; y, tercero, podemos ver que Juan lo que señala es que ante los tropiezos, las caídas, vamos: los pecados que experimentemos, la actitud es venir arrepentidos ante el Padre para que, por medio de Jesucristo, nos perdone.

 

La actitud de remordimiento, desánimo, desazón experimentados por los errores cometidos antes de venir a salvación e incluso una vez andando por el Camino, no provienen de Dios sino del Enemigo quien quiere entorpecer nuestro avance hacia las promesas que se nos han dado, pero la actitud del Elegido ante ello debe ser de pedir perdón a Dios y seguir caminando sin estarnos enfocando en lo que hicimos sino más bien en lo que podemos hacer, después de todo lo mejor de la vida es que si bien no puedes desandar tus pasos, sí puede iniciar nuevos caminos.

 

 

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.

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Referencias:

Romanos 7:7; Hebreos 7:19; Salmos 19:7-12; Filipenses 3:13-14; Lucas 9:62; Hebreos 6:1; 1 Juan 2:1; Romanos 5:10; 1 Corintios 4:14

miércoles, 13 de julio de 2022

Cuando eres libre, nadie más que tú eres el responsable de tus errores pero también de tus aciertos

 


El elegido, llamado a estar en el mundo más no a ser parte del mundo, debe tener un comportamiento diferente responsabilizándose de sus acciones, no buscando justificaciones que busquen validar comportamientos ajenos a su llamamiento.

 

Pablo escribiendo a los de Galacia les dice “porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros”. Esa libertad implica que no podemos echar la culpa de lo que hagamos a factores externos ya que si somos libres nadie más que nosotros somos responsables de lo que hacemos.

 

Desde el inicio, cuando nuestros primeros padres pecaron, la naturaleza caída comenzó a funcionar y una de sus primeras acciones fue el tratar de quitarse la responsabilidad de sus actos echándole la culpa el hombre a la mujer y la mujer a la serpiente.

 

Si bien es cierto que puede haber factores externos —el Enemigo, el Mundo o la Carne— que inciden en las decisiones que tomamos, somos nosotros los que finalmente optamos por aquel camino que deseemos seguir.

 

Jacobo, el medio hermano de Jesús, en su carta, con relación a todo lo anteriormente dicho, señala “cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte”.

 

Como podemos ver, Jacobo no señala que la caída en las tentaciones sea responsabilidad de algo ajeno a uno mismo sino que, siendo factores que inciden en nuestra decisión, el responsable primero y último de la misma es uno.

 

Juan en su primera carta, en la misma línea de todo lo señalado hasta ahorita, indica “hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo”. Dado  que, como ya se comentó, los elegidos hemos sido llamados a salvación viniendo a libertad, esa libertad nos ha hecho responsables de las decisiones que tomemos, es por ello que en esta cita Juan, reconociendo esa responsabilidad personal de cada uno, exhorta a que si se ha pecado se venga a arrepentimiento ante el Padre por medio de Jesucristo.

 

Pero esa libertad, haciéndonos responsable de las decisiones que tomemos, también conlleva el reconocimiento referido a cuando obramos conforme a la voluntad de Dios, sobre esto, la Palabra en Revelación nos señala “no temas en nada lo que vas a padecer. He aquí, el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel, para que seáis probados, y tendréis tribulación por diez días. Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida”.

 

En ese mismo sentido, también en Revelación se indica “que el injusto siga haciendo injusticias, que el impuro siga siendo impuro, que el justo siga practicando la justicia, y que el que es santo siga guardándose santo. He aquí, yo vengo pronto, y mi recompensa está conmigo para recompensar a cada uno según sea su obra”

 

La libertad, sobre todo la libertad real y verdadera que deviene de responder al llamamiento del Padre para venir a salvación en el presente siglo, conlleva de igual forma la responsabilidad de las decisiones que sobre lo que experimentemos tomemos, después de todo cuando eres libre, nadie más que tú eres el responsable de tus errores pero también de tus aciertos.

 

 

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.

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Referencias:

Juan 17:15-17; 2 Tesalonicenses 3:3; Gálatas 5:13; 1 Corintios 8:9; Génesis 3:9-13; Gálatas 5:1; Santiago 1:13-15; Romanos 9:19,20; Revelación 2:10;  1 Corintios 9:25; Revelación 22:11-12; Isaías 40:10; 1 Juan 2:1; Romanos 8:34


martes, 5 de julio de 2022

Elige con cuidado tus metas ya que después de todo pagaras con el tiempo de tu vida por ellas

 


El ser humano, al ser cuerpo, alma y espíritu, tiene diferentes necesidades, necesidades que en ocasiones pueden estar contrapuestas, como dice Pablo escribiendo a los de Galacia “porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis”, en ese sentido debe tenerse cuidado en las metas que se persiguen.

 

Sobre esto nuestro Señor presentó una parábola al respecto: “La heredad de un hombre rico había producido mucho. Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos? Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios”.

 

No está mal el proveernos y proveer a los nuestros de las necesidades materiales que son necesarias para la vida carnal que tenemos, sobre esto Pablo escribiendo a los de Éfeso señala en su momento “porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida”, de igual forma en su primera carta a Timoteo le señala “porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo”, pero esa proveeduría debe establecer el correcto orden de las cosas, ¿y cuál es ese?

 

Jesús en su momento dijo a los suyos, y en su figura a todos los creyentes de todos los tiempos, “más buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”, ¿y qué es justicia?, David de manera inspirada responde “todos tus mandamientos son justicia”.

 

Ahora bien, ese correcto orden de ideas, si presenta algún conflicto, como el inicialmente mencionado de poner a la carne contra el espíritu y al espíritu contra la carne, hará necesario que se hagan los sacrificios requeridos en función del objetivo primordial que como elegidos nos hemos planteado.

 

Sobre esto Pablo, en su primera carta a los de Corinto, les dice “¿no sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis. Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible. Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado”, sabiendo que solo este tiempo que tenemos en esto que llamamos vida es lo que disponemos para ello, como escribe Salomón “cuando el árbol cae, no importa de qué lado caiga; donde cae, allí se queda”, así que ya lo sabes elije con cuidado tus metas ya que después de todo pagaras con el tiempo de tu vida por ellas.

 

 

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.

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Referencias:

Gálatas 5:17; Salmos 19:12,13; Lucas 12:16-21; Salmos 73:3,12; Efesios 5:29; Mateo 6:26; 1 Timoteo 5:8; Lucas 11:11-13; Mateo 6:33; Proverbios 2:1-9; Salmos 119:172; Deuteronomio 6:7; 1 Corintios 9:24-27; Filipenses 3:12-14; Eclesiastés 11:4