martes, 4 de agosto de 2020

Tú decides: O conquistas al mundo o el mundo te conquista a ti


Cuando el elegido lee en la Palabra la pregunta reflexiva “¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?”, puede dar por hecho de que uno no se encuentra en esa situación, pero de igual forma debe considerarse la Escritura cuando dice “el que piensa estar firme, mire que no caiga”.

 

En primer lugar hay que entender que hay mundo y mundo en la Palabra, un mundo en la Palabra se refiere a aquello negativo que está relacionado con el presente siglo: “Porque todo lo que hay en el mundo, la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo”, otro mundo se refiere a toda la humanidad, tan valiosa para el Padre que mando a Su Hijo para redención de ella: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. En el caso de la cita inicial, dado que menciona mundo en el contexto de ganarlo perdiendo el alma se infiere que el sentido de la palabra es aquel dicho primeramente, es decir, el que tiene connotaciones negativas.

 

Con todo y todo hay que tener cuidado porque algunos ajenos a la verdad, malinterpretando la cita inicial, se han apartado del mundo para vivir una vida de ostracismo, sin considerar que nuestro propio Señor pidió al Padre diciendo “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal”, de igual forma Pablo, haciendo eco de esto señalaba a los de Corinto diciendo “Os he escrito por carta, que no os juntéis con los fornicarios;  no absolutamente con los fornicarios de este mundo, o con los avaros, o con los ladrones, o con los idólatras; pues en tal caso os sería necesario salir del mundo.  Más bien os escribí que no os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón; con el tal ni aun comáis”.

 

Pero entonces, ¿de qué debe cuidarse el elegido que ha respondido al llamamiento del Padre para venir a salvación en el presente siglo?, la Palabra claramente lo señala al indicar hacia “la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida”.

 

¿Y cómo saber si algo va en la línea de aquello señalado?, la Escritura dice que “por sus frutos los conoceréis” , ¿y cuáles son los frutos de la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida?, “adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías,  envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas”; siendo que si algo tiene inclinación a esto, entonces pertenece a aquello que aunque nos produzca gozo, placer o satisfacción, pertenece a ese mundo que pasa en contraposición con aquellos que haciendo la voluntad de Dios permanecen.

 

Los hijos de Dios no hemos sido llamados para ser vasos de ira sino para obtener salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo, así que hay que estar muy atentos, vigilantes, velando, después de todo tú decides: O conquistas al mundo o el mundo te conquista a ti.

 

 

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.

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Referencias:

Mateo 16:26; Marcos 8:36; 1 Corintios 10:12; 2 Pedro 3:17; 1 Juan 2:16; Efesios 2:3; Juan 3:16; Romanos 5:8; Juan 17:15; 1 Corintios 5:9-11; 2 Tesalonicenses 3:6; 1 Juan 2:16; Efesios 2:3; Mateo 7:20; Lucas 6:44; Gálatas 5:19-21; 1 Corintios 6:9-10; 1 Juan 2:17; 1 Corintios 7:31; 1 Tesalonicenses 5:9; 2 Tesalonicenses 2:13


martes, 28 de julio de 2020

No todo es incierto en la vida: no intentar algo te da 100% de garantía de no lograrlo


Si bien el cristiano confía en la infinita misericordia y eterno amor del Padre, sabe que la debilidad de la carne le puede hacer caer e incluso perder las promesas que se han dado, si no fuera así nuestro Señor no nos hubiera exhortado diciendo “retén firme lo que tienes, para que nadie tome tu corona”, de igual forma Pablo no se hubiera expresado, respecto de su llamamiento, diciendo “golpeo mi cuerpo y lo hago mi esclavo, no sea que habiendo predicado a otros, yo mismo sea descalificado”.

Ese sentimiento puede en ocasiones crecer tanto que haga dudar de si uno alcanzará aquello para lo que ha sido llamado y ¿sabes?, en efecto: existe la posibilidad de perder aquello para lo que hemos sido llamados, pero ¿sabes también?, si no lo intentamos de lo único que tendremos certeza es de no alcanzarlo.

Ahora bien, respecto de ese sentimiento, que es muy natural, hay que señalar que el mismo puede tener su origen en el Enemigo, en el Mundo o en la Carne, es por ello que no debemos prestarle atención ya que el mismo puede hacernos perder la vista del Camino, cuando mucho debemos estar consiente de aquello para saber que nada podemos por nosotros mismos pero que todo lo podemos en Cristo que nos fortalece.

Respecto de ese sentimiento de desasosiego que se ha mencionado tiene realización cuando ponemos la mirada en lo que no somos más que en Aquel que nos llamó, el Padre,  y en Aquel por quien sí somos, Jesús, es por eso que la Escritura nos exhorta diciendo que debemos tener “puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz, menospreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios”.

¿Cuál es la mejor actitud ante ese sentimiento de desesperanza que puede embragarnos mientras caminamos nuestro andar?, Pablo escribiendo a los de Filipo lo resume diciendo “Hermanos, yo mismo no considero haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”.

Si en alguna ocasión estás en ese punto de, como se dice, tirar la toalla, piensa que el esfuerzo que se nos pide mientras andamos por el Camino, si bien no es garantía de alcanzar la meta, el ni siquiera trabajar en ello si nos refrenda que no lo lograremos, así que no lo olvides, no todo es incierto en la vida: no intentar algo te da 100% de garantía de no lograrlo.

 

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.
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Referencias:

Revelación 3:11; 1 Corintios 9:25; 2 Timoteo 2:5; 1 Corintios 9:27; Romanos 8:13; 2 Corintios 13:5; Hebreos 12:2; 1 Corintios 1:23; Filipenses 3:20; Juan 6:40; Filipenses 4:13; 2 Corintios 12:9; Efesios 3:16; Filipenses 3:14; Romanos 8:28; 2 Timoteo 1:9

            





martes, 21 de julio de 2020

En la vida, correr volteando hacia atrás solo te hará ganar un tropezón



Dado que el nacimiento del agua, el bautismo pues, implica una nueva vida, la idea contenida es que se trata de un nuevo comenzar, como dice Pablo en su segunda carta a los de Corinto “de modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura [es]; las cosas viejas pasaron; he aquí, son hechas nuevas”, es por ello que para andar por el Camino de esta nueva vida se alude a no volver la mirada atrás.

Sobre esto, uno de los eventos que más se esgrimen, es el caso de la esposa de Lot, la cual, mientras huían previo a la destrucción de Sodoma y Gomorra volvió su vista atrás quedando convertida en sal.

En efecto, pretender avanzar con la mirada puesta en lo que se deja puede dar lugar, no sólo a lentitud en el andar, es más: ni siquiera a tropezar por ello, sino incluso en regresar a lo que se está dejando, por eso Pablo escribiendo a los de Filipo les dice “yo mismo no considero haber lo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” o como escribió Isaías “no recordéis las cosas anteriores ni consideréis las cosas del pasado”

Lucas presenta un diálogo corto, pero muy edificante, entre uno que deseaba seguir a Jesús pero que quería tiempo para ordenar antes sus cosas: “También otro dijo: Te seguiré, Señor; pero primero permíteme despedirme de los de mi casa. Pero Jesús le dijo: Nadie, que después de poner la mano en el arado mira atrás, es apto para el reino de Dios”.

Esta cita se usa para señalar, acertadamente, que iniciar el andar por el Camino implica dejar atrás lo que antes se era, pero quiero proponerte una forma adicional, no contradictoria sino complementaria de esto la cual se refiere a esas caídas que en el andar, una vez nacido de nuevo, se experimenta.

Es más que evidente que el nacer de nuevo no elimina nuestra carnalidad, un correcto entendimiento de aquello implica reconocer que mediante el bautismo  “[nos habemos] vestido del nuevo [hombre,] el cual se va renovando hacia un verdadero conocimiento, conforme a la imagen de aquel que lo creó”, pero en el inter seguimos padeciendo de nuestras debilidades y flaquezas que nos pueden hacer caer en nuestro andar, ¿qué hacer?

En su primer carta Juan instruye diciendo “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo”. Esto ya lo sabemos, pero el problema, y es a donde quiero llegar, es nuestra conciencia que puede no dejarnos tranquilos a pesar de ese arrepentimiento ante cada caída que experimentemos, ¿qué hacer?

No es tanto de hacer, sino más bien de comprender y dejar que el Espíritu nos vaya edificando, de nuevo, ¿qué le dijo Jesús al que queriendo acompañarlo sentía tenía cosas que arreglar en su vida? “Nadie, que después de poner la mano en el arado mira atrás, es apto para el reino de Dios”.

Esto no aplica sólo a mirar atrás deseando la vida que se ha dejado, sino también no dejar de mirar las faltas que en el andar hemos cometido permitiendo que nuestra conciencia nos ancle en un error que, al arrepentirnos, ya ha sido perdonado.

La próxima vez que al caer y ser restaurado sientas esa conciencia que no deja de recordarte tu falta, recuerda que eso está en el pasado y que mirando hacia atrás nos descalificamos a nosotros mismos para el Reino, después de todo en la vida, correr volteando hacia atrás solo te hará ganar un tropezón.


Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.
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Referencias:
2 Corintios 5:17; Romanos 6:4; Génesis 19:26; Lucas 17:32; Filipenses 3:13-14; Hebreos 6:1; Isaías 43:18; Lucas 9:62; Colosenses 3:10; Romanos 12:2; 1 Juan 2:1-2; Hebreos 2:17

martes, 14 de julio de 2020

Triunfar pero perder la esencia de uno es pagar un precio muy alto por el éxito



El elegido que ha respondido al llamamiento del Padre para venir a salvación en el presente siglo no se vuelve, por el sólo hecho de ser bautizado y recibir el Espíritu de Dios, en una persona ajena a su carnalidad. Mientras ande por el Camino y en tanto no llegue el nacimiento del Espíritu tendrá que estar luchando contra los impulsos del Enemigo, el Mundo y la Carne que le incitan a desviarse de su meta.

Dentro de estas cuestiones que pueden hacer que alguien desvíe sus ojos de las promesas está lo que el mundo ofrece, pero ¿qué nos dice la Palabra respecto de eso tan atrayente pero a la vez tan distractor? “No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y también sus pasiones, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”.

Esto de ninguna forma quiere decir vivir en desidia, al contrario, Pablo en su segunda carta a los de Tesalónica les dice claramente “Porque también cuando estábamos con vosotros, os ordenábamos esto: Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma. Porque oímos que algunos de entre vosotros andan desordenadamente, no trabajando en nada, sino entremetiéndose en lo ajeno.  A los tales mandamos y exhortamos por nuestro Señor Jesucristo, que trabajando sosegadamente, coman su propio pan”. Ahora bien, Pablo no decía esto para que los demás lo acataran sino que lo exponía con autoridad pues él mismo así había vivido: “Pues vosotros mismos sabéis cómo debéis seguir nuestro ejemplo, porque no obramos de manera indisciplinada entre vosotros, ni comimos de balde el pan de nadie, sino que con trabajo y fatiga trabajamos día y noche a fin de no ser carga a ninguno de vosotros; no porque no tengamos derecho a ello , sino para ofrecernos como modelo a vosotros a fin de que sigáis nuestro ejemplo”.

La diferencia entre trabajar en el mundo y trabajar por el mundo es grande, la primera usa lo que se nos ha dado para responder al llamamiento del que se ha sido objeto, es decir a través del tener llegar al ser, el segundo busca en las cosas del mundo ese logro, esa satisfacción que sólo puede provenir de la vivir en la verdad revelada, es decir, a través del ser llegar a tener. Lo primero trae vida, lo segundo muerte “pues ¿qué provecho obtendrá un hombre si gana el mundo entero, pero pierde su alma? O ¿qué dará un hombre a cambio de su alma?”, ya que “hay camino que al hombre le parece derecho, pero al final es camino de muerte”.

Estamos llamados a ser triunfadores, pero no haciéndonos de “tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompe, y donde ladrones minan y hurtan; [sino de]  tesoros en el cielo, donde ni polilla ni orín corrompe, y donde ladrones no minan ni hurtan: Porque donde estuviere [nuestro]  tesoro, allí estará [nuestro] corazón”, después de todo triunfar pero perder la esencia de uno es pagar un precio muy alto por el éxito.


Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.
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Referencias:
1 Juan 2:16; Romanos 13:14; 1 Pedro 2:11; 2 Tesalonicenses 3:10-12; 1 Tesalonicenses 4:11; Proverbios 13:4; Mateo 16:26; Marcos 8:36; Lucas 9:25; Proverbios 14:12; 16:25; 2 Tesalonicenses 3:8; Hechos 18:3; Efesios 4:28; Mateo 6:19-34; Lucas 12:33; 1 Timoteo 6:9-10

martes, 30 de junio de 2020

Recuerda: El esfuerzo es momentáneo, el triunfo es para siempre



Nadie puede negar que la vida cristiana en ocasiones llega a pesar, máxime cuando las tribulaciones, las tentaciones hacen presencia en nuestra vida, pero de igual forma debe tenerse en mente que mientras que esto en el siglo actual es momentáneo, las promesas que perseguimos son eternas.

Pablo escribiendo a los de Roma les hace ver que “también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia;  y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza;  y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado”.

De igual forma Pedro, en su primer carta, respecto de las tribulaciones, de las tentaciones experimentadas, les dice a los de su tiempo: “amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que en medio de vosotros ha venido para probaros, como si alguna cosa extraña os estuviera aconteciendo; antes bien, en la medida en que compartís los padecimientos de Cristo, regocijaos, para que también en la revelación de su gloria os regocijéis con gran alegría”.

¿Y qué de hablar de los grandes héroes de la fe del pasado?, de nuestros hermanos quienes, en palabras de Pablo escribiendo a los hebreos les dice de estos que “experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles.  Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados;  de los cuales el mundo no era digno; errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra.  Y todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido;  proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros”.

Con todo y todo hay que poner las cosas en perspectiva, ¿por qué?, porque si sólo se fija uno en las tribulaciones, las tentaciones actuales, dicha visión puede ser desmoralizadora, deprimente, pero si uno pone en ambos platillos de la balanza lo que ahorita se padece y las promesas eternas que se nos han dado, el peso de  esto último que sobrepasa lo primero permitirá sobrellevar aquello.

Sobre estas promesas, y sin olvidar la cuestión de las tribulaciones, las tentaciones que en el presente siglo se padecen, Pablo escribiendo a los de Roma les dice “considero que los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada”, y más claro aún en su segunda carta a los de Corinto cuando les dice que “esta aflicción leve y pasajera nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación”.

Es esto último a lo que debemos aferrarnos como el náufrago que sujeta con firme el pedazo de madera que le impide hundirse hasta llegar a tierra firme, solo que en nuestro caso ese pedazo de madera es la misma fuerza del Espíritu que nos guía en nuestro andar y en vez de tierra firme vamos hacia nuevos cielos y nuevas tierras, así que recuerda: El esfuerzo es momentáneo, el triunfo es para siempre.


Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.
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Referencias:
Romanos 5:3-5; Habacuc 3:18; Mateo 5:12; 1 Pedro 4:12-13; 1 Corintios 3:13; Hebreos 11:36-40; Mateo 10:22; 24:9; Romanos 8:18; 2 Corintios 4:17; 1 Pedro 1:6,7

Para volar, primero correr; para correr, primero andar; para andar, primero gatear; para gatear, ¡primero soñar!



Cuando uno llega a la vida cristiana, nuestra mente, condicionada por nuestra propia naturaleza, puede suponer esto como el haber alcanzado ya una meta, después de todo ya podemos considerarnos salvos, pero conforme comenzamos a avanzar en el Camino nos vamos dando cuenta de lo mucho que aún nos falta por recorrer siendo que esto debemos tenerlo muy en cuenta para no desanimarnos.

El problema con el cristiano, si es que puede esto considerarse un problema, es que no podemos ver nuestro nacimiento del agua como algo que casi en automático nos vuelve santos y perfectos, sino más bien, siguiendo el símil de nacer de nuevo, como ese recién nacido que debe ir creciendo y madurando, dicho de otra forma: el nacer de nuevo nos ha hecho vislumbrar un sueño que podemos alcanzar pero que el mismo requiere de un proceso en nosotros.

Pedro en su segunda carta, escribiendo a los cristianos de su tiempo —atención con esto— los exhorta a “crecer en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo”, si el nacer de nuevo nos llevara a ese estado de perfección y santidad desde el principio no sería necesaria esta exhortación.

De igual forma Pablo escribiendo a los de Éfeso les indica que es necesario  este esfuerzo, este trabajo “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”, de nueva cuenta ¿te fijas que apunta algo cuya plena realización está en el futuro?

En este mismo sentido, también Pablo, pero escribiendo a los de Galacia, les indica cuál es el fin de este proceso: “hasta que Cristo sea formado en vosotros”, otra vez, Pablo apunta a un futuro donde Cristo es formado en nosotros, futuro que debe ser alcanzado con nuestro crecimiento y maduración mientras andamos por el Camino.

Al nacer de nuevo, en este siglo del agua, debemos entender que hemos iniciado un proceso, más claro aún: un proceso que puede durar toda la vida, donde, por la misma definición de esto, implica que ahorita no hemos alcanzado la perfección y santidad que de nosotros se espera.

Pablo escribiendo a los de Filipo, y reflexionando sobre lo anterior pero tomando como referencia a sí mismo, les indica una verdad que debemos aplicar en nuestra vida: “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús.  Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante,  prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”.

Los nacidos de nuevo somos como bebés espirituales, pero debemos crecer para ser niños, luego jóvenes y por último adultos plenos, llenos de conocimiento y gracia de Dios y Su Hijo, sabiendo que llegará el día en que seamos transformados y entonces sí, de manera perfecta y santa, reflejemos el carácter de Cristo quien es a  su vez imagen del Dios invisible, después de todo para volar, primero correr; para correr, primero andar; para andar, primero gatear; para gatear, ¡primero soñar!


Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.
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Referencias:
Juan 3:3-6; 2 Corintios 5:17; 1 Pedro 1:23; 2 Pedro 3:18; Efesios 4:15; 2 Tesalonicenses 1:3; Efesios 4:13; Gálatas 4:19; Filipenses 3:12-14; Romanos 8:39; 1 Corintios 13:10

miércoles, 24 de junio de 2020

A veces la vida podrá no ser lo que uno espera, pero siempre será lo que uno necesita



Seamos honestos, ¿te sientes conforme con tu vida? El ser humano es por naturaleza inconforme, siempre siente que algo le hace falta, mientras que Dios no cambia nosotros estamos en constante cambio señal de que no solo estamos incompletos sino que somos imperfectos.

Fíjate como Pablo se expresaba de algo que en él no le complacía: “Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera;  respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí.  Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo”.

De nuevo: ¿Te sientes inconforme con tu vida?, no estás sólo, mira a Pablo, es más, mira a tus hermanos y hermanas en la fe y te verás en un espejo donde la inconformidad es algo con lo que se convive diariamente, pero entonces ¿qué es lo que está pasando?, ¿por qué esta inconformidad?, ¿por qué la vida no es lo que queremos, mucho menos lo que esperamos?

Jeremías presenta algo que bien puede servir para comprensión, esto en la figura del alfarero y la vasija de barro: “Palabra que vino a Jeremías de parte del Señor, diciendo: Levántate y desciende a la casa del alfarero, y allí te haré oír mis palabras. Entonces descendí a casa del alfarero, y he aquí, estaba allí haciendo un trabajo sobre la rueda. Y la vasija de barro que estaba haciendo se echó a perder en la mano del alfarero; así que volvió a hacer de ella otra vasija, según le pareció mejor al alfarero hacerla. Entonces vino a mí la palabra del Señor, diciendo:  ¿No puedo yo hacer con vosotros, casa de Israel, lo mismo que hace este alfarero? —declara el Señor. He aquí, como el barro en manos del alfarero, así sois vosotros en mi mano, casa de Israel”.

En efecto, la vida actual es un caminar hacia las promesas recibidas pero en ese caminar todavía pesa nuestra carnalidad, carnalidad que por su propia naturaleza desea entender, y pero aún: en ocasiones hasta guiar, el proceso que en nuestra vida Dios está haciendo, pero, como señala Isaías y que sirve de colofón al relato anterior del alfarero y la  vasija de barro: ¡Ay del que contiende con su Hacedor, el tiesto entre los tiestos de tierra! ¿Dirá el barro al alfarero: ``Qué haces?”, de igual forma Pablo escribiendo a los de Roma al respecto les dice “Me dirás entonces: ¿Por qué, pues, todavía reprocha Dios? Porque ¿quién resiste a su voluntad? Al contrario, ¿quién eres tú, oh hombre, que le contestas a Dios? ¿Dirá acaso el objeto modelado al que lo modela: Por qué me hiciste así? ¿O no tiene el alfarero derecho sobre el barro de hacer de la misma masa un vaso para uso honorable y otro para uso ordinario?”.

El caminar hacia las promesas no está exento de dudas, de temores, de frustraciones, tanto por las tribulaciones y tentaciones que se experimenten como por no entender lo que está sucediendo en este momento, en ese entendido, aunque no se comprenda a cabalidad lo que en nuestra vida sucede en este momento, la esperanza depositada en Aquel que nos ha llamado debe servir para que Él desarrolle en nosotros Su gloriosa obra conforme lo pensó para cada uno desde la eternidad, después de todo a veces la vida podrá no ser lo que uno espera, pero siempre será lo que uno necesita.



Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.
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Referencias:
Malaquías 3:6; Salmos 102:27; Santiago 1:17; 2 Corintios 12:7-9; Jeremías 18:1-6; Isaías 45:9; Job 9:12; Proverbios 21:30; Romanos 9:19-21; Isaías 10:15; 2 Timoteo 2:20