martes, 24 de marzo de 2020

En el camino a la excelencia dos cosas debes cuidar: creerte más que los demás y que los demás hagan creerte menos



El hecho de haber respondido al llamamiento del Padre para venir a salvación en el presente siglo no implica que nuestra naturaleza haya cambiado sino que está en proceso de conformarse a la imagen de Cristo, esto implica que cuestiones relacionadas con nuestro ego siguen presente en nosotros, cuestiones que si no las sabemos manejar pueden afectar nuestra edificación.

Entre estas cuestiones tal vez la más significativa sea aquella donde podemos llegar a considerarnos más que los demás o bien dejar que los demás nos hagan sentir menos.

La primera curiosamente deviene del mismo llamamiento al que hemos respondido ya que al considerarnos salvos, mientras que los demás no lo son, podemos a llegar a creer que somos más o mejores, pero la realidad es que el llamamiento que el Padre nos hizo nada tuvo que ver con nosotros, con lo que somos o tenemos, sino que vino de manera gratuita por Su pura misericordia y eterno amor.

Por el contrario, el haber respondido al llamado del Padre genera en nosotros una obligación de ir a todo el mundo proclamando el Evangelio para que aquel que responda de igual forma sea salvo ya que, como dice la Escritura “¿cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?  ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!”, ¿o habrá alguna acción nuestra que pueda reflejar mayor caridad hacia los demás a saber poner a disposición de todos la vida eterna que el Padre nos ofrece por medio de Su Hijo Jesucristo?, no lo creo.

La otra cuestión que se debe cuidar, como se mencionó, es dejar que los demás nos hagan sentir menos. Esto porque aquella vida que hemos elegido vivir en obediencia al Padre puede dar como consecuencia señalamientos, juicios, e incluso tribulación por parte del mundo, pero la Palabra claramente nos dice “Bienaventurados sois cuando os vituperaren y os persiguieren, y dijeren de vosotros todo mal por mi causa, mintiendo. Gozaos y alegraos; porque vuestra merced es grande en los cielos: que así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros”. También esto de sentirnos menos puede ser el resultado de ver como los impíos prosperan, de igual forma ¿qué nos dice la Escritura?, “No te irrites a causa de los malhechores; no tengas envidia de los que practican la iniquidad porque como la hierba pronto se secarán, y se marchitarán como la hierba verde”.

El llamamiento al que hemos respondido no es cosa menor tiene como meta llegar a ser reyes y sacerdotes con Cristo en el reino venidero y alcanzar la vida eterna como hijos de Dios, pero eso no es ni para vanagloriarnos ante los demás ni para desanimarnos por lo que ahorita tengamos que padecer, al contrario, en ambas situaciones buscar responder conforme a la voluntad del Padre y para Su mayor gloria en Cristo Jesús, después de todo en el camino a la excelencia dos cosas debes cuidar: creerte más que los demás y que los demás hagan creerte menos.


Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.
Formación • I+D+i • Consultoría
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Referencias:
Romanos 8:29; 1 Corintios 15:49; Efesios 2:8-11; Romanos 3:24; Marcos 16:15-18; Mateo 28:19; Romanos 10:14-15; Hechos 8:31; Mateo 5:11-12; 1 Pedro 4:14; Salmos 37:1-2; Proverbios 23:17-18; Revelación 1:6; 5:10

martes, 17 de marzo de 2020

Nadie ha salido de un agujero hundiéndose más en él



Todo cristiano sabe que en las batallas que enfrentamos hay más de trasfondo que aquello que normalmente se ve, pues —como dice Pablo— “no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes”.

De igual forma los elegidos saben que no se debe subestimar las estrategias de los poderes de las tinieblas a los que nos enfrentamos pues tienen el poder de engañar al mundo entero incluso, de ser posible, a los elegidos. Y de entre todas las estrategias del enemigo, aquella que nos hunde más es una de las más sutiles pero a la vez de las más efectivas.

Esta estrategia se activa una vez que algún santo tropieza, cae, vamos: comete algún pecado. Inmediatamente el Enemigo se instala en su mente con ideas relativas a su salvación: “ya ves, no puedes lograrlo”, “para qué te esfuerzas, no lo conseguirás”, “¿esto es lo que llamas ser un hijo de Dios?”, “eres imperfecto, desiste, no alcanzarás lo que buscas”.

El Enemigo, desde que incitó a nuestros primeros padres a desobedecer en el Jardín de Edén, siempre mezcla algo de verdad con algo de mentira, el resultado, si bien es una mentira completa, permite que aquellos a los que toma desprevenido le permitan entrar en su mente, en su corazón, como un Caballo de Troya que pareciendo inofensivo trae en su interior los gérmenes del enfriamiento, del desistir, de abandonar.

Las medias verdades que el Enemigo dice son aquellas que señalan nuestra debilidad, nuestra insuficiencia, en efecto: uno por sí mismo no puede nada, pero lo que el Enemigo no señala, y que los elegidos debemos tener en cuenta, es que no somos nosotros quienes logramos alcanzar las promesas, sino que es Dios, a través de Cristo, quien nos habilita para ello, quien nos ayuda, fortalece y guía.

La Escritura no nos dice que podemos alcanzar lo que de nosotros se espera por nuestras propias fuerzas, al contrario, la Escritura es muy clara al señalar que todo lo podemos en Cristo que nos fortalece, de igual forma Juan consigna en su Evangelio las palabras de Jesús cuando dice “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer”.

¿Y el pecado, como lidiar con él?, respecto de esto Juan en su primer carta señala “hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo”, en otras palabras, como señala Proverbios “porque siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse; más los impíos caerán en el mal.”

De esta forma, la próxima vez que en tu mente surjan dudas respecto del llamamiento debido a los tropiezos, las caídas, los pecados que se cometan, más que deprimirse, hundirse o pensar  en desistir, recuerda que dichas ideas vienen del Enemigo pero que alcanzar las promesas no depende de ti sino del Padre y que de nosotros depende permanecer, aunque imperfectamente, fieles hasta el final, después de todo nadie ha salido de un agujero hundiéndose más en él.


Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.
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Referencias:
Efesios 6:12; Colosenses 1:13; Revelación 12:9; Génesis 3:1; Mateo 24:24; Marcos 13:22; Filipenses 4:13; Colosenses 1:11; Juan 15:5; 1 Juan 2:1

martes, 10 de marzo de 2020

El mundo te pertenece... pero debes luchar por él



La Escritura es más que clara en el sentido de que los elegidos que sean encontrados fieles serán copartícipes con Cristo del gobierno del reino de Dios en la tierra, varios salmos lo señalan: “En prosperidad habitará su alma, y su descendencia poseerá la tierra”, “porque los malhechores serán exterminados, más los que esperan en Jehová poseerán la tierra”, “más los humildes poseerán la tierra, y se deleitarán en abundante prosperidad”, “los justos heredarán la tierra, y vivirán para siempre sobre ella”,  de igual forma el Evangelio lo confirma al señalar “bienaventurados los mansos: porque ellos recibirán la tierra por heredad”, y Revelación cierra el testimonio en el mismo sentido al establecer “y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra”.

A lo largo de la Escritura, tanto Antiguo como Nuevo Testamento, como puede verse en las citas precedentes, señalan ineludiblemente que será la tierra el centro donde estará asentado el reino de Dios, el hogar permanente y estable de los santos, el lugar donde residirá el rey y desde el cual saldrá la Ley, pero ¿centro de qué o para qué? Para entender esto la respuesta que deberíamos de buscar es ¿qué heredarán los santos?, ¿solamente la tierra? Romanos al respecto señala “¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?”

La expresión todas las cosas contenida en la cita anterior se ha traducido del griego πάντα, panta, que literalmente significa la totalidad, el todo, es decir, todo lo creado, ¡el universo mismo! Esto es lógico ya que, como dice Juan en su Evangelio, si todo fue hecho por Cristo y para Cristo, como dice Pablo escribiendo a los de Colosas,  y si los santos son coherederos con Cristo, como señala Pablo en su carta a los de Roma, la conclusión lógica de esto es que con Él heredaremos el todo, la totalidad de la creación, el universo mismo.

No se puede elucubrar mucho sobre el destino final de esto, aunque sabemos que será de gloria, pero la Escritura sí da ciertos pincelazos que permiten vislumbrar a lo lejos el maravilloso futuro que espera para quienes de los llamados y elegidos sean encontrados fieles. Romanos señala esos pincelazos cuando dice “Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse.  Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza;  porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios.  Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora;  y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo”.

Es así como uno de los trabajos de los hijos de Dios será extender el paraíso que habrá venido a ser la tierra a todo el universo. Esto es portentoso, casi imposible de imaginar, pero la Escritura nos dice en Corintios que lo que espera a los justo excede todo lo que se pueda uno imaginar, con todo y esto lo anterior sólo será el medio, ¿el medio para qué?, para el fin de toda la eternidad que ante los ojos de los hijos de Dios se abrirá: conocer a Dios y Su Hijo,  como dice Juan en su Evangelio: “y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”.

Pero la condición para todo lo anterior es permanecer fiel hasta el fin incluso en medio de las tribulaciones que se padezcan, como señala Revelación “no tengas miedo de lo que vas a sufrir, pues el diablo pondrá a prueba a algunos de ustedes y los echará en la cárcel, y allí tendrán que sufrir durante diez días. Tú sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida”.

Es así como los santos, aquellos elegidos que sean considerados fieles,  heredarán la tierra, pero no para estar confinados en ellas sino para que desde ese centro de operaciones, desde la sede del gobierno del reino de Dios, extiendan las gloriosas condiciones de su lugar de residencia por todo el universo mientras se sigue aprendiendo del Padre y de Su Hijo, después de todo el mundo te pertenece... pero debes luchar por él.


Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.
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Referencias:
Salmos 25:13; 37:9; 37:11; 37:29; Mateo 5:5; Revelación 5:10; Romanos 8:31-32; 8:18-23; Juan 1:39; Colosenses 1:16; Romanos 8:17; 2 Reyes 6:16; 1 Juan 4:4; 1 Corintios 2:9; Isaías 64:4; Juan 17:3; Revelación 2:10; Romanos 8:18; 2 Corintios 4:17; 1 Pedro 4:13

martes, 3 de marzo de 2020

Un triunfador no es alguien que no conoce el fracaso, sino alguien que lo conoce tan bien como para saber que no pertenece ahí



La palabra santo ha sido muy llevada y traída a lo largo de la historia del cristianismo generalmente descontextualizándola y por ende encubriendo su significado. Un santo, lo que se dice un verdadero santo, ¿es alguien que nunca peca?, ¿alguien que nunca se equivoca?, ¿alguien que nunca comete errores? Si este fuera el parámetro de comparación, ¿quién podría cumplirlo como para ser identificado como santo?

Honestamente, leyendo la Biblia, salvo Jesús cuya vida fue perfecta y sin pecado, ¿qué otro personaje pudiera caer en la anterior definición?, ¿Abraham?, ¿Noé?, ¿Moisés?, ¿David?, ¿Salomón?, ¿Pablo?, ¿Pedro? Si leemos sus historias podemos ver que estos, al igual que todos los demás personajes de la Escritura —repito: salvo Jesús— estuvieron muy lejos del parámetro de perfección que la palabra santidad, mundanamente entendida, trae a nuestra mente, “como está escrito: no hay justo, ni aun uno”.

Santo se traduce de la palabra hebrea קָדוֹשׁ, kadôsh, la cual significa “ser dedicado a, apartado para, entregado a, separado para, designado para”. Es así como un santo, en el sentido bíblico es aquella persona que ha sido apartada para el servicio de Dios. Esta definición permite entender que un santo lo es si entregado está al servicio divino aunque —y esto es muy importante— cometa aún errores, se equivoque e incluso llegue a pecar, como dice la Palabra “si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros”.

En este entendido, es decir: si un santo puede equivocarse, puede errar, puede pecar, ¿cuál es la diferencia entonces entre él y alguien impío? La principal diferencia es que el primero, el santo, aquel que ha sido dedicado al servicio de Dios, no se conforma con el pecado, es más: cuando llega a tropezar, a caer, a pecar, siente ese remordimiento, sabe que hizo mal, no se justifica, no argumenta, venido ante Dios pide perdón, se levanta, se sacude y sigue su andar. Por el contrario el impío no siente remordimiento alguno, para él lo que hizo estuvo bien, se justifica, argumenta, y por ende no viene ante Dios a pedir perdón por lo que su andar se aleja cada vez más del Camino. Como dice la Escritura “porque siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse; más los impíos caerán en el mal”

Visto de esta forma un santo no es alguien que no conoce el pecado, sino que lo conoce tan bien como para darse cuenta  que no ha sido llamado para eso, que no forma eso parte de su vida, que no está en su futuro el vivir de esa manera. Entonces ¿qué hacer cuando se tropieza, se cae, se peca?, tal como ya se comentó la opción, la única opción es aceptar, reconocer el error, el pecado, pedir perdón ante el Padre por medio de Jesucristo, levantarse y seguir andando por el Camino.

Con todo y todo hay un peligro muy sutil en esto: creer que dado que uno sigue siendo carnal, débil y falible, luchar contra el pecado es tan fútil que realmente se vuelve inútil y entonces caer en una desidia donde uno se endurezca y ya no importe pecar, pero ¿qué dice la Escritura? “si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda sacrificio por el pecado sino una horrenda esperanza de juicio, y hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios”.

Estas llamado a ir de triunfo en triunfo en Cristo Jesús, eso no quiere decir que en el presente siglo no te equivoques, no cometas errores, no peques, quiere decir que día con día debes salir a mostrar y demostrar que tu deseo por agradar en Dios es más grande que la debilidad inherente a tu presente carnalidad, después de todo un triunfador no es alguien que no conoce el fracaso, sino alguien que lo conoce tan bien como para saber que no pertenece ahí.


Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.
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Referencias:
Romanos 3:10; 1 Juan 1:8; Job 25:4; Proverbios 24:16; Job 5:19; 2 Corintios 4:8-12; 1 Juan 2:1; Efesios 4:26; 1 Pedro 1:15-19; Hebreos 10:26-27; 2 Pedro 2:20-21; 2 Corintios 2:14

martes, 25 de febrero de 2020

A veces hay que tocar cien puertas para que se abra una



La vida cristiana, como lo sabe todo elegido que ha respondido al llamamiento del Padre para venir a salvación en el presente siglo, se sustenta tanto en la fe como en las obras. En la fe ya que la salvación deviene de aceptar el sacrificio redentor de nuestro Señor Jesús, como dice la Escritura: “porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios;  no por obras, para que nadie se gloríe”; y en las obras ya que nuestro andar por el mundo debe servir como testimonio siendo así sal de la tierra y luz del mundo, como dice la Palabra: “así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”.

En ese sentido, a saber, que el andar por el Camino se sustenta en la fe y en las obras, es que cada elegido debe entender que en ambos aspectos está el ir siendo perfeccionado por la acción del Santo Espíritu de nuestro Padre Dios que mora en cada uno.

En cuanto a la fe, este perfeccionamiento implica ir adquiriendo cada vez más conocimiento, tanto en extensión como en profundidad, relacionado con la fe que se dice profesar. Sobre esto es más que esclarecedor el exhorto que hace Pablo para pasar del alimento líquido, el entendimiento básico de las verdades de salvación, al alimento sólido, el entendimiento pleno de las verdades de comprensión: “aquel que participa de la leche es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño; pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal” […] para que “[habitando] Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor,  seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura,  y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios”. Todo lo cual implica seguir en estudio, en meditación, en oración hasta avanzar —aunque de inicio no sea así—  en esa comprensión.

En cuanto a las obras, este perfeccionamiento implica ir madurando en el testimonio que por medio de las obras ante el mundo se da. Sobre esto es claro Pablo cuando en su primer carta a los de Corinto les exhorta diciendo “estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano”, de igual forma escribiendo a los de Roma les dice que “a los que perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad [alcanzarán] la vida eterna”, con todo y todo hay que tener cuidado que lo que se busque en esto no sea la propia exaltación, contra lo cual la Escritura nos previene, sino que siempre se busque la gloria de Dios: “así pues, ya sea que comáis, que bebáis, o que hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios”. Todo lo cual implica seguir poniendo la fe por obras hasta que éstas —aunque de inicio no sea así—  den su fruto.

Pero —y esto es muy importante—, para lograr lo anterior uno debe seguir, en cuanto a la fe,  estudiando, meditando, orando, y en cuanto a las obras, haciendo el bien sin desfallecer ya que en su debido momento se segará lo sembrado, como dice Pablo escribiendo a los de Colosas “para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios”, después de todo a. veces hay que tocar cien puertas para que se abra una.


Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.
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Referencias:
Efesios 2:8-11; Santiago 2:17-22; Mateo 5:16; 2 Pedro 3:18; Juan 17:3; Hebreos 5:13-14; Efesios 3:17-19; 1 Corintios 15:58; Romanos 2:7; 1 Corintios 10:31; Gálatas 6:9; Colosenses 1:10

martes, 18 de febrero de 2020

Logro sin esfuerzo no sabe, no se valora, y lo que es peor, la mayoría de las veces no dura



En ocasiones, ante las tribulaciones que se experimentan en esta vida, tanto los elegidos como los del mundo pueden llegar a preguntarse ¿no podría Dios haber creado un proceso para Sus fines que no implicase tanto esfuerzo?

Teóricamente Dios podría hacer las cosas de manera diferente, de hecho de cualquier manera que Él quisiera, pero dada Su perfección y Su santidad la manera actual en que las cosas están trabajando es la más óptima, como dice la Escritura “yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis”

¿Óptima?, —dirá alguien— ¿con tanto dolor y sufrimiento? Así es: óptima. Recordemos que en esto participa algo que no hay que olvidar: la libertad de la que Dios nos ha dotado y que es la que finalmente ha acarreado esto que nos duele, que nos molesta, pero incluso en medio de esto, la obra de Dios se desarrolla perfecta, santamente, como señala la Escritura “así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié”.

Pero una cosa es el dolor, el sufrimiento que nosotros mismos nos hemos acarreado al desligarnos desde el principio de la obediencia al Padre e  intentar por nosotros mismos —y para nosotros mismos— establecer lo que es bueno, lo que es correcto, y otra muy distinta el esfuerzo necesario para ello.

¿Te has fijado que antes de pecar, cuando nuestros primeros padres aún estaba en el Paraíso, Dios les encomendó cultivarlo y cuidarlo?, incluso si nuestros primeros padres no hubiesen pecado el esfuerzo hubiese sido necesario, ¿y esto por qué?, porque sólo se aprecia, en toda la extensión de la palabra, aquello que ha costado esfuerzo por conseguir, como señala la Palabra “irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; más volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas”.

¿Eso quiere decir que la salvación nos la estamos ganando por nuestro esfuerzo?, no, la salvación nos es dada de gracia por el sacrificio redentor de Jesús, pero nuestro esfuerzo demuestra nuestra intención de vivir santamente, conforme a la voluntad del Padre, siendo que si esto es así, llegará el momento en que liberados de esta carnalidad corruptible podamos servirle en gloria de manera perfecta.

Pero eso no es todo, además de que el esfuerzo requerido para andar por el Camino evidencia ese deseo de vivir como hijos de Dios de manera perfecta y santa, las mismas tribulaciones que por lo anterior experimentamos va logrando que en nosotros se forje el carácter perfecto y santo de nuestro Padre, como dice la Palabra “nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado”, después de todo logro sin esfuerzo no sabe, no se valora, y lo que es peor, la mayoría de las veces no dura.


Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.
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Referencias:
Jeremías 29:11; Isaías 55:11; 55:8-12; Génesis 2:15; Efesios 2:9; Romanos 3:28; 2 Timoteo 1:9; Tito 3:5; Salmos 126:6; Isaías 55:12; Romanos 5:3-5; 8:35-37; 2 Corintios 12:9,10

miércoles, 12 de febrero de 2020

Cada día es una oportunidad no solo de lograr cosas sino de ser más



Todo elegido que ha respondido al llamado del Padre para venir a salvación en el presente siglo sabe que la fe sin obras es una fe muerta, entiende que no son los oidores de la ley los que son justificados sino los hacedores de la misma, y que los que entrarán al Reino de Dios no son los que digan “Señor, Señor” sino los que hagan la voluntad del Padre que está en los cielos.

Esto no quiere decir de ninguna manera que los elegidos busquen ganar la salvación, ésta —como bien entienden— es otorgada a quienes aceptan el sacrificio redentor de Cristo, pero de igual forma se entiende que aquellos que han sido salvos por la sangre de Cristo llamados están a mostrarlo al mundo con sus obras siendo así sal de la tierra y luz del mundo.

Con todo y todo no debe perderse el sentido de todo esto pues los elegidos están llamados, sí: a mostrar con sus obras la fe que dicen profesar, pero finalmente, ese testimonio debe ser congruente con la transformación que en ellos se está obrando en el presente siglo por la acción del Espíritu de Dios, es decir, no sólo se tratar de hacer sino también de ser.

Estudiar, meditar, orar, eso está bien; congregarse, participar, aportar, esto es aún mejor; pero si todo eso no es reflejo de un verdadero cambio interior –mental, emocional, espiritual-, se estaría entonces en la presencia de un testimonio vano.

Fijémonos en las palabras con las que Cristo se refirió a los maestros religiosos de su tiempo: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, más por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque edificáis los sepulcros de los profetas, y adornáis los monumentos de los justos, y decís: Si hubiésemos vivido en los días de nuestros padres, no hubiéramos sido sus cómplices en la sangre de los profetas. Así que dais testimonio contra vosotros mismos, de que sois hijos de aquellos que mataron a los profetas. ¡Vosotros también llenad la medida de vuestros padres!”

Así que en palabras de nuestro Señor, uno puede llegar a mostrar ante los demás grandes frutos, grandes obras, pero si eso no es reflejo de lo que hay adentro, comparable es esto a esos sepulcros blanqueados estando por dentro lleno de huesos e inmundicia, símbolos de la hipocresía e iniquidad.

Entonces ¿qué corresponde?, ¿dejar de hacer obras de justicia si en nuestro interior aún hay suciedad?, para nada, antes bien seguir con el trabajo de poner por obra la fe que se dice profesar pero aunar a ello el esfuerzo por cambiar —con oración y ayuno— lo que dentro de nosotros no forma parte de la elección que se ha hecho al responder al llamado del Padre para llegar a ser Sus hijos, mostrar Su justicia y reflejar Su carácter perfecto y santo llegando así a la estatura perfecta de Cristo, después de todo cada día es una oportunidad no solo de lograr cosas sino de ser más.


Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.
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Referencias:
Santiago 2:14-17; Romanos 2:13; Mateo 7:21; Lucas 13:25; 1 Pedro 3:18; Gálatas 1:4; Romanos 5:2; Gálatas 1:4; Mateo 5:13-16; Marcos 9:50; Lucas 14:34; Mateo 23:27-32; Efesios 4:13; 1 Juan 3:2