martes, 30 de noviembre de 2021

Un maestro se vuelve líder y un líder se vuelve maestro, cuando es capaz de iluminar la mente y encender el corazón

 


El andar por el Camino como resultado del llamamiento al que se ha respondido, no es algo que se hace en soledad sino que lleva una interacción muy dinámica con los demás integrantes del Cuerpo de Cristo. Pablo escribiendo a los de Éfeso lees dice “y él mismo [Cristo] constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”.

 

Lo anterior tiene una finalidad muy concreta como claramente Pablo lo señala ahí mismo: “para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo,  de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor”.

 

De esta forma aquella maestría, aquel liderazgo, tiene que ver tanto con las verdades de salvación es decir los principios doctrinales, las verdades de comprensión que es el entendimiento adicional de la Palabra, y las verdades de motivación, que es todo lo relacionado con el aliento que debemos darnos unos a otros.

 

De esta forma existe en el elegido un espíritu de caridad, de fraternidad, que impele a aquel a ayudar en esos tres aspectos a los demás hermanos y hermanas en la fe, pero como todo en la vida cristiana, si uno se muestra indolente en ello, el mismo Pablo admoniciona al respecto cuando señala: “Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido.  Y todo aquel que participa de la leche es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño;  pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal”.

 

Así como no es natural, materialmente hablando, que un niño nunca crezca, no es natural, espiritualmente hablando, que un elegido no avance de las verdades de salvación, a las verdades de comprensión y a las verdades de motivación, y, peor aún: que no haga partícipe a los demás de ello.

 

La cuestión de la maestría, del liderazgo de los elegidos necesariamente tiene que considerar los tres aspectos comentados: crecer en las verdades de salvación, en las verdades de comprensión y en las verdades de motivación, y hacer partícipes a los demás de ello, después de todo un maestro se vuelve líder y un líder se vuelve maestro, cuando es capaz de iluminar la mente y encender el corazón.

 

 

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.

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Referencias:

Efesios 4:11-13; 1 Corintios 12:28; Romanos 12:7; Efesios 4:15-16; 2 Corintios 4:2; Hebreos 5:12-14; 1 Corintios 4:5; 1 Corintios 3:2; Hebreos 5:11; Juan 16:12


martes, 23 de noviembre de 2021

Si quieres árboles de libertad, siembra semillas de justicia

 


En la Escritura, el término árbol o árboles aduce a los hombres o a la humanidad. Cuando Jesús curó a aquel ciego, al principio éste señaló “veo los hombres como árboles, pero los veo que andan” para luego ser restablecido completamente.

 

De igual forma Jesús, en su momento, refiriéndose a las personas señaló “Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego.  Así que, por sus frutos los conoceréis”.

 

En ese mismo orden de ideas en Revelación, poco antes de iniciar el derramamiento de las plagas referidas a las siete trompetas, un ángel les dice a los otros cuatro dispuestos a esto “no hagáis daño, ni a la tierra ni al mar ni a los árboles, hasta que hayamos puesto un sello en la frente a los siervos de nuestro Dios”.

 

De esta forma, aquella instrucción de Dios en el Jardín de Edén adquiere mayor comprensión: “De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás”, refiriéndose a la manera en que alimentándose el hombre de la información llegaría a ser perfecto: a través de prestar atención a la instrucción de  Dios, representado por el árbol, el hombre, de la vida, o a través de su propia experiencia basada en el acierto y error, representado por  el árbol, el hombre, de la ciencia del bien y el mal.

 

Dado que Dios es santo y perfecto, la plena libertad se alcanza cuando uno refleja su carácter, lo cual es representado, como señala Pablo escribiendo a los de Éfeso, como alcanzar la estatura perfecta de Cristo; pero esto implica un crecimiento y dicho crecimiento está condicionado a lo que previamente se ha sembrado por lo que para alcanzar aquello se requiere estar sembrando constantemente en uno y en los demás semillas de justicia, y ¿qué es justicia?, “todos tus mandamientos son justicia” escribió en su momento David en uno de sus salmos, y, en ese sentido, también dejó al respecto consignado el resultado de ello: “Tengo más discernimiento que todos mis maestros, porque tus testimonios son mi meditación. Entiendo más que los ancianos, porque tus preceptos he guardado”.

 

Lo anterior lo dejó muy claramente establecido nuestro Señor en aquel intercambio discursivo con aquel joven: “Y he aquí se le acercó uno y dijo: Maestro, ¿qué bien haré para obtener la vida eterna? Y Él le dijo: ¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Sólo Uno es bueno; pero si deseas entrar en la vida, guarda los mandamientos”, así que ya lo sabes si quieres árboles de libertad, siembra semillas de justicia.

 

 

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.

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Referencias:

Marcos 8:24; Mateo 7:16-21; Revelación 7:3; Génesis 2:16-18; 1 Pedro 1:16; Mateo 5:48; Efesios 4:13; Salmos 119:172; Salmos 119:99-100; Mateo 19:16


martes, 16 de noviembre de 2021

Qué curioso, el camino al destino "Éxito" necesariamente pasa por la estación "Caída"

 


Cuando uno viene a salvación respondiendo al llamamiento del Padre una de las ideas que puede tener en mente es que a partir de ese momento ya no se pecará, después de todo uno ha adquirido conciencia de lo que es pecado y ha recibido al Espíritu Santo mediante la imposición de manos después del bautismo, pero la realidad es que en el andar por el Camino uno sigue tropezando, cayendo, vamos: pecando, lo cual puede generar un sentimiento adverso que, si no se mira con la correcta perspectiva, puede desanimarnos de alcanzar las promesas que se nos han dado.

 

Primeramente hay que tener claro que el hecho de venir a salvación, de saber lo que es pecado y de tener el Espíritu de Dios no es garantía de que no se volverá a pecar, ¿por qué?, porque seguimos militando en la carne y, como escribe Pablo a los de Galacia, “el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne, pues éstos se oponen el uno al otro, de manera que no podéis hacer lo que deseáis”. Luego entonces los tropiezos, las caídas, son parte de aquello en que la carne contiende contra el Espíritu.

 

En segundo lugar, si las condiciones señaladas anteriormente respecto del llamamiento al que se ha respondido fueran garantía de ya no pecar, la misma Palabra no señalaría que “siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse; más los impíos caerán en el mal”. ¿Te fijas?, no es justo quien no cae sino aquel que cayendo se vuelve a levantar.

 

En tercer lugar, si al venir a salvación uno ya no pudiese pecar, Juan, escribiendo, no a los gentiles y paganos, sino a la iglesia, no hubiera señalado que “si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros” para señalar más delante “y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo”, lo cual implica, para los elegidos, la posibilidad casi cierta de que se tropezará, de que se caerá, vamos: de que se pecará, pero que ante ello debe uno procurar el perdón ante el Padre por medio de Jesucristo.

 

La explicación de todo lo anterior debe ser clara para los elegidos como Pablo les expone a los de Roma cuando les dice “porque Dios ha encerrado a todos en desobediencia para mostrar misericordia a todos”, y cuando dice a todos no se refiere solo a los gentiles o paganos sino incluso a los elegidos.

 

Pero de la misma forma en el Padre nos tiene misericordia ante los tropiezos, las caídas, los pecados que uno comete en el andar en el Camino, de igual forma uno debe tener misericordia para con los demás, sean hermanos en la fe o no, como se relata en la parábola de los dos deudores donde a uno se le perdona mucho pero ese a su vez no perdona al que le debe poco concluyendo con aquel “así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas”.

 

De esta forma es claro que en nuestro andar por el Camino experimentaremos tropiezos, caídas, vamos: pecados, pero que si nos mantenemos fieles hasta el final, levantándonos, buscando el perdón y siguiendo nuestro andar,  alcanzaremos las promesas que se nos han dado, pues, qué curioso, el camino al destino "Éxito" necesariamente pasa por la estación "Caída".

 

 

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.

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Referencias:

Gálatas 5:17; Romanos 7:15; Salmos 19:12,13; Proverbios 24:16; 2 Corintios 4:9; Job 5:19; 1 Juan 1:8; Proverbios 20:9; Romanos 3:10; 1 Juan 2:1; Romanos 5:10; 1 Corintios 4:14; Mateo 18:23-35; Marcos 11:26; Santiago 2:13

 


martes, 9 de noviembre de 2021

En la vida, carga lo que te hace mejor y deja lo que no, ¡ah!, y no olvides que al revés no funciona

 


La conciencia con la que Dios nos ha dotado, sobre todo en cuanto al andar en el Camino, tiene su ventaja pero también una desventaja. La ventaja es del lado divino, en cuanto al correcto andar, ya que si nos apartamos, si nos desviamos, la conciencia nos redarguye; la desventaja es del lado de nuestra carnalidad ya que en ocasiones esa conciencia puede ser tan quisquillosa que nada la satisfaga y constantemente nos esté recriminando.

 

Sobre esto, Pablo escribiendo a los de Roma les dice, “bienaventurado el que no se condena a sí mismo en lo que aprueba”. Fijémonos como es que Pablo hace hincapié en que aquella condena puede provenir de uno mismo pero en lo que uno mismo aprueba, es decir, apunta a esa conciencia escrupulosa que puede sernos de tropiezo, es por eso que en la primera parte de esa misma cita señala “¿Tienes tú fe? Tenla para contigo delante de Dios”, de esta forma no es nuestra conciencia la que debe guiarnos por sí y para sí, sino conforme a la Palabra, escrita y hecha carne, sin permitir que aquella nos ponga o nos quite respecto de la misma.

 

¿Y cómo lograr esto?, la verdad no es fácil, si lo fuera no implicara un reto para el cristiano, pero en ello tenemos primeramente al Espíritu de Dios que hemos recibido el cual nos va guiando a toda verdad, y en segundo lugar tenemos a la Palabra, tanto escrita como hecha carne, en la cual nos vamos ejercitando.

 

Sobre esto último Pablo les dice a los hebreos “pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal”, de esta forma primeramente debe uno pasar del alimento líquido, las verdades de salvación, los principios doctrinales pues, a las verdades de comprensión, pero —y esto es muy importante— no quedándose meramente en la cuestión cognitiva, del entendimiento, sino pasar a la acción y poner por obra esa fe que se dice profesar.

 

Sobre esto Jacobo, el medio hermano de Jesús, es más que claro: “Mas sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno oye la palabra, y no la pone por obra, este tal es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural.  Porque él se consideró a sí mismo, y se fue, y luego se olvidó qué tal era.  Mas el que hubiere mirado atentamente en la perfecta ley, que es la de la libertad, y perseverado en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, este tal será bienaventurado en su hecho”.

 

Por último, y siendo reiterativo en esto, el redargüir de la conciencia es necesario para nuestra corrección, edificación, perfeccionamiento y santificación, pero eso debe ser acorde a la Palabra, no a nuestros pensamientos o sentimientos, por eso Juan en su primer carta señala “amados, si nuestro corazón no nos condena, confianza tenemos delante de Dios”, así que ya lo sabes en la vida, carga lo que te hace mejor y deja lo que no, ¡ah!, y no olvides que al revés no funciona.

 

 

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.

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Referencias:

Romanos 14:22; Santiago 3:13; Juan 16:13; 1 Corintios 2:10-13; Hebreos 5:14; 1 Corintios 2:6; Santiago 1:22-25; Mateo 7:24-27; 1 Juan 3:21; Efesios 3:10-12


martes, 2 de noviembre de 2021

Grandes sueños implican grandes sacrificios pero traen grandes satisfacciones

 


Cuando uno responde al llamamiento del Padre para venir a salvación en el presente siglo debe tener muy en cuenta que esto no implica que la vida ha quedado resuelta, al contrario, muy claramente Jesús dijo a los suyos, y en su figura a todos nosotros, “en el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo”.

 

De esta forma aquellas promesas que hemos recibido, las cuales podemos señalar como sueños, pero no en el sentido onírico sino como la meta que deseamos alcanzar, llevan de por medio sacrificio para ello.

 

Sobre esto, Pablo escribiendo a los de Corinto les dice en su primera carta “¿no sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis.  Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible”.

 

Esta presentación de ideas implica una prioridad en lo que uno desea. Existen las metas temporales pero los elegidos vamos por la atemporales, por las metas eternas, siendo que, en el símil que maneja Pablo, existe una lucha que debemos estar dispuestos a dar.

 

Y más aún, en su segunda carta a Timoteo le aclara “tú, pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo. Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado. Y también el que lucha como atleta, no es coronado si no lucha legítimamente.  El labrador, para participar de los frutos, debe trabajar primero”.

 

En el mismo sentido de lo dicho, quien desea algo que es de mayor valor, debe ser capaz de hacer los sacrificios necesarios para ello incluso aunque eso implique perder aquello que es de menos valor, y ¿qué hay de menos valor que las promesas que se nos han dado?, pues nada menos que “la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida”, ¿y por qué es de menos valor?, pues simple y sencillamente porque “el mundo pasa, y también sus pasiones” siendo que las metas eternas son de mayor valor pues  como señala la Palabra “el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”.

 

En la misma línea de pensamiento, en el sello del testimonio, el libro de Revelación, Jesús mismo señala “No temas en nada lo que vas a padecer. He aquí, el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel, para que seáis probados, y tendréis tribulación por diez días. Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida”, así que no lo olvides grandes sueños implican grandes sacrificios pero traen grandes satisfacciones.

 

 

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.

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Referencias:

Juan 16:33; Hechos 14:22; Romanos 8:37; 1 Corintios 9:24-25; Filipenses 3:14; Hebreos 12:1; 2 Timoteo 2:3-6; 2 Timoteo 2:9-10; 2 Corintios 1:6; 1 Juan 2:16-17; Romanos 13:14; Efesios 2:3; Revelación 2:10; Mateo 10:28; Lucas 21:12


martes, 26 de octubre de 2021

Trabajar en equipo no es solo que todos reman hacia una dirección sino que incluso todos construyen el barco

 


La vida cristiana, contrariamente a lo que algunos creen, no es una vida en soledad. Es cierto que cada quien responderá de sus actos ante el tribunal divino, pero eso no quiere decir que uno sea completamente apático respecto de los demás, sean del mundo como de la iglesia.

 

Si lo anterior un fuese así, respecto del mundo nuestro Señor no nos hubiera instruido diciendo “id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado será salvo; pero el que no crea será condenado” o también “que en su nombre se predicara el arrepentimiento para el perdón de los pecados a todas las naciones, comenzando desde Jerusalén”, y en cuanto a los miembros del Cuerpo de Cristo, Pablo de manera inspirada no los hubiera exhortado diciendo “alentaos los unos a los otros, y edificaos el uno al otro, tal como lo estáis haciendo” o también señalando “considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras”.

 

Sobre esto último, después de equiparar al Cuerpo de Cristo con el cuerpo humano, Pablo cierra el discurso expositivo señalando “antes bien los miembros del cuerpo que parecen más débiles, son los más necesarios; y a aquellos del cuerpo que nos parecen menos dignos, a éstos vestimos más dignamente; y los que en nosotros son menos decorosos, se tratan con más decoro. Porque los que en nosotros son más decorosos, no tienen necesidad; pero Dios ordenó el cuerpo, dando más abundante honor al que le faltaba, para que no haya desavenencia en el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros.  De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan. Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular”.

 

Sobre todo lo anterior, es interesante que de los Diez Mandamientos, los primeros cuatro marcan una relación personal entre Dios y uno, pero los otros seis restantes tienen que ver con la relación de uno con los demás, de nuevo: sean del mundo o sean de la iglesia de Dios.

 

El resultado de todo esto es, en cuanto a los del mundo que respondan al llamado del Padre para venir a salvación en el presente siglo,  acrecentar la familia de Dios, y en el caso de los miembros del Cuerpo de Cristo, crecer en el conocimiento de Dios y su Hijo, como escribe Pablo a lo de Éfeso: “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo,  en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor;  en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu”, después de todo trabajar en equipo no es solo que todos reman hacia una dirección sino que incluso todos construyen el barco.

 

 

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.

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Referencias:

Romanos 2:6; Job 34:11; Marcos 16:15-16; Isaías 2:3; Lucas 24:47; Hechos 17:30; 1 Tesalonicenses 5:11; Judas 1:20; Hebreos 10:24-25; Romanos 15:1,2; 1 Corintios 12:22-27; 2 Corintios 1:11; Efesios 2:19-22; Filipenses 3:20; Colosenses 1:10; 2 Pedro 3:18; Efesios 2:12; Isaías 14:1


martes, 19 de octubre de 2021

Lo que haces debe seguir a lo que dices para que funcione lo que eres

 


¿Será que la salvación sólo implica creer en Jesús?, después de todo Pablo y Silas en su momento le dijeron al carcelero que los custodiaba en Filipos “cree en el Señor Jesús; así tú y tu familia seréis salvos”.

 

Para responder esto, como todo, uno debe considerar toda la Escritura, no solo una parte de ella o, peor aún, un solo versículo, después de todo ella misma sobre sí dice “la suma de tu palabra es verdad”, es decir, la totalidad de la Escritura.

 

Sobre la pregunta inicial es interesante que nuestro Señor en su momento dijo a los suyos, y en su figura a todos los creyentes de todos los tiempos, “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo? Todo aquel que viene a mí, y oye mis palabras y las hace, os indicaré a quién es semejante. Semejante es al hombre que al edificar una casa, cavó y ahondó y puso el fundamento sobre la roca; y cuando vino una inundación, el río dio con ímpetu contra aquella casa, pero no la pudo mover, porque estaba fundada sobre la roca. Más el que oyó y no hizo, semejante es al hombre que edificó su casa sobre tierra, sin fundamento; contra la cual el río dio con ímpetu, y luego cayó, y fue grande la ruina de aquella casa”.

 

Creo que lo anterior es más que lógico a la luz de lo comentado al inicio pues es absurdo el decir que se cree en alguien pero que no se cree en lo que dice siendo que si uno dice creer en Jesús debe creer en lo que dice y por ende actuar en consecuencia.

 

Todavía para terminar de armar el cuadro y para mayor contundencia, Jesús de igual forma en su momento señaló “no todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?  Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad”.

 

¿Sabes que es lo más interesante de la cita anterior?, que la palabra hacedores de maldad se ha traducido del griego ἀνομίαν, anomian, que literalmente quiere decir “sin ley”. De esta forma aquellos que nuestro Señor rechazará son los que si bien han hecho cosas que pudieran circunscribirse dentro del llamado, los mismos, al haber enseñado, relacionado con la fe,  o actuado, relacionado con las obras,  contrariamente a la Ley de Dios, sus Diez Mandamientos, caen en esa categoría de los “sin ley”, como Pablo escribe a los de Roma “porque no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los que cumplen la ley, ésos serán justificados”

 

De esta forma ser cristiano no solo es decir “Señor, Señor”, sino hacer lo que Cristo nos dice, actuar en consecuencia con lo que creemos, poner por obra esa fe que se dice profesar, después de todo lo que haces debe seguir a lo que dices para que funcione lo que eres.

 

 

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.

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Referencias:

Hechos 16:31; Marcos 16:16; Romanos 10:9; Salmos 119:160; Proverbios 30:5; 2 Timoteo 3:16; Lucas 6:46-49; Santiago 1:22; Mateo 7:21-23; Lucas 13:25; Romanos 2:13; Santiago 1:25